17 de febrero de 2025

La flora y el cuerpo: estudios de botánica aplicada

Para explorar las posibles aplicaciones terapéuticas de la flora: el cuerpo, un instrumento de la práctica científica en cuatro estudios de botánica aplicada de la Sociedad Mexicana de Historia Natural

Por Francisco Javier Cervantes Mendoza*

Introducción

En la lectura de todos los artículos de la sección de botánica de La Naturaleza. Periódico Científico de la Sociedad Mexicana de Historia Natural (1869-1886) encontré estos cuatro estudios de botánica aplicada. La particularidad de dichos textos radicó en el empleo de animales en la construcción del conocimiento, pero, aún más llamativo fue el estudio donde un naturalista empleó su propio cuerpo para experimentar las reacciones fisiológicas que manifestaría después de consumir cierto derivado vegetal.

Los cuatro estudios de botánica aplicada examinados son: “La pega-ropa amarilla” (1876), de Manuel F. de Jáuregui, “La Chirimoya” (1875), de Carlos Garza Cortina, “Apuntes para la materia médica mexicana. El yoyote” (1875), de Alfonso Herrera y “La Thevetia iccotli y sus glucosidos”, de David Cerna. A través de estos estudios tengo por objetivo demostrar la agencia de los instrumentos orgánicos, como el cuerpo no humano principalmente, en la construcción de un conocimiento fiable sustentado en el testimonio de los naturalistas que observaron las reacciones fisiológicas al suministrar, y en un caso, auto experimentar, los efectos de diferentes derivados vegetales como el aceite, la resina o el principio activo obtenido a través de diferentes procesos como el destilado, en el caso del estudio de Herrera. Estos naturalistas tenían la intención de explorar otras aplicaciones terapéuticas de vegetales ya conocidos, y en ese sentido, contribuir en el progreso moral y material de la sociedad mexicana y del Estado.

La vocación de los estudios de botánica aplicada de la Sociedad Mexicana de Historia Natural

Luz Fernanda Azuela Bernal ha demostrado en su estudio “La ciencia en la esfera pública mexicana (1821-1864)” la expresión de la voluntad de las asociaciones científico-literarias[1] y sus publicaciones periódicas para encauzar el progreso moral y material de la sociedad mexicana a través de la instrucción pública, la explotación de los recursos naturales y su administración racional, sumado a la divulgación de conocimientos y prácticas útiles. Algunas publicaciones periódicas fueron El Registro, El Trimestre y El Ateneo Mexicano, entre otras. Estos periódicos se enmarcan en una primera etapa correspondiente a los años 1821-1864, caracterizada por contener temas literarios, de historia, artes y ciencias.[2] A partir de 1864, se abrió paso a una progresiva demarcación y distinción entre la esfera literaria, dedicada a los escritos creativos, y la esfera científica, que antes compartían páginas en una misma publicación periódica. La especialización del lenguaje en los textos delimitó el público lector e interlocutor.

Durante el Segundo Imperio, hubo una reorganización de las ciencias, importante y significativa para la historia natural. Maximiliano de Habsburgo legitimó la práctica de la historia natural al otorgarle al Museo Nacional una sede propia adosada en el Palacio Nacional. El Museo Nacional cambió su nombre a Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia y antes de la restauración de la República, la sección de historia natural del museo fue la primera en ser inaugurada.[3]

La empresa del estudio sistemático de la naturaleza y el territorio nacional rebasó a los profesores del Museo Nacional,[4] por eso la necesidad de crear una asociación especializada, la Sociedad Mexicana de Historia Natural (1868), que no se limitó a tener socios de número (profesores del Museo Nacional y residentes en la capital), sino también socios corresponsales (residentes en otros estados de la república) para colaborar con estudios de botánica, zoología y mineralogía, así como objetos de historia natural de sus respectivas regiones.[5] Los resultados de sus estudios de los tres reinos de la naturaleza se publicaron en su revista, La Naturaleza. Periódico Científico de la Sociedad Mexicana de Historia Natural (1869-1912).

En la sección de botánica hay una amplia gama de textos dedicados al estudio del reino vegetal. Estos estudios van desde la clasificación de los vegetales recolectados en el trabajo de campo, el estudio de su anatomía y fisiología vegetal, las alteraciones y enfermedades que sufren los vegetales, la geografía botánica o del estudio de las regiones y su población vegetal, la aclimatación de la flora útil y la que es de interés para este estudio: la botánica aplicada. Esta última rama de la botánica tiene tres vertientes, de acuerdo con Miguel Bustamante: la botánica agrícola aplicada al conocimiento de los vegetales, su cultivo y mejora de la tierra; la botánica médica aplicada a buscar las virtudes médicas de la flora y la botánica económica o industrial, aplicada en la utilidad de las plantas en las artes industriales y la economía doméstica.[6]

De acuerdo con Blanca Uribe Mendoza y Luz Fernanda Azuela, la valoración del experimento y los instrumentos empleados para su práctica eran concebidos como el único medio para producir un conocimiento fiable, objetivo y capaz de brindar explicaciones causales de los fenómenos naturales.[7] En la relación botánica médica-experimento-animal se conjuga una vocación por obtener un conocimiento cuya aplicación útil sea en la terapéutica y, por lo tanto, en la salud. En la época se buscaba una terapéutica nacional que consistía en sustituir las drogas extranjeras por las mexicanas, aquella flora, fauna y minerales útiles para sostener la práctica terapéutica, pero esto se obtenía a través de un análisis químico que permitía identificar el principio activo del vegetal sujeto a estudio.[8]

En 1871 se conformó la Sociedad Farmacéutica Mexicana (sfm) que trabajó para editar una nueva Farmacopea mexicana que salió a la luz en 1874. Esta obra reunió numerosas plantas medicinales autóctonas, o como las denominaban en aquella época, flora indígena. Aunque su uso no era generalizado, representa un esfuerzo significativo por el estudio sistemático de la flora terapéutica. El médico, farmacéutico y naturalista Alfonso Herrera Fernández (1838-1901), en calidad de catedrático de Historia de las drogas simples de la Escuela Nacional de Medicina fue capaz de impulsar el estudio de la flora terapéutica mexicana e impulsar a sus estudiantes a realizar tesis sobre ellas para obtener el título de farmacéuticos. Los estudios de esa flora indígena y su análisis químico fueron incorporados en la tercera edición de La farmacopea mexicana (1896).[9]

Reflexiones iniciales: el cuerpo, un instrumento orgánico de la práctica botánica

En el proceso para explorar las posibles aplicaciones terapéuticas de la flora tenían como base un conocimiento empírico obtenido de las comunidades indígenas y yerberos. Estos actores no suelen ser reconocidos en los estudios publicados en La Naturaleza. La creación del conocimiento es un proceso colectivo que involucra diferentes actores, desplazando la creación y pertenencia del conocimiento a la autoridad científica reconocida entre pares pertenecientes a otras asociaciones científicas, institutos o establecimientos de educación superior.[10]

Algunos de estos estudios suelen incluir en sus textos el uso terapéutico empleado entre los indígenas, los naturalistas suman la narrativa del proceso de obtención de los derivados vegetales, la identificación del principio activo y las reacciones fisiológicas presentadas principalmente en el cuerpo no humano tras suministrar el principio activo o algún otro derivado vegetal. De esta manera los estudios de botánica aplicada responden a esta vocación por explorar las posibles aplicaciones terapéuticas a través de instrumentos que permiten construir un conocimiento fiable o al menos para disipar dudas sobre qué parte o derivado del vegetal es útil o no.

Estos instrumentos no se limitan a materiales hechos de madera, metal y máquinas de vidrio. El cuerpo humano, e incluso el cuerpo de otros animales,[11] particularmente el del practicante de las ciencias de la observación como la astronomía y la historia natural disciplinaron sus habilidades perceptivas[12] para desempeñar su práctica científica como la observación de la bóveda celeste, el comportamiento animal, los regímenes de floración y cambio climático, el desplazamiento del naturalista sobre el territorio y el reconocimiento de su flora y fauna. Para el caso del cuerpo no humano, tiene dos dimensiones que comparto con María Eugenia Constantino: la ontológica y epistemológica. Cuando se emplea el cuerpo humano, un perro, conejo, una paloma o una rana, su estado ontológico cambia, se convierte en un sujeto/objeto importante, en tanto medio, para obtener información de un tercer actor;[13] los efectos del principio activo observado a través de las reacciones fisiológicas del cuerpo.

Cuatro estudios de botánica aplicada: testimonios de las reacciones fisiológicas en los instrumentos orgánicos

En los estudios que a continuación se examinan quiero subrayar la concepción que tenían sobre la orientación y aplicación de sus estudios en materia botánica: aprovechar la flora mexicana y en la medida de lo posible sustituir las drogas extranjeras por las nacionales. Estos estudios se publicaron en la sección de botánica, estos textos también se caracterizan por identificar el vegetal con su nombre local y el nombre científico. El nombre local suele ser en náhuatl y el nombre científico está vinculado con el sistema linneano, es decir, dos palabras, el primero indica el género y el segundo, la especie.

El primer estudio a examinar es “La pega-ropa amarilla” (1876) de Manuel F. de Jáuregui. El nombre científico del vegetal en cuestión es Mentzelia hispida. De acuerdo con el autor, esta planta se encuentra en los alrededores de la capital. Jáuregui también proporciona otros datos interesantes sobre su uso, principalmente entre los indígenas. Es probable que tuviera un informante, pero desgraciadamente el autor no da pistas de él. Los indígenas denominan a este vegetal como zazale y generalmente se usa para purgar el estómago.[14]

El interés estaba centrado en la raíz de la planta. La resina ácida la obtuvo a través de un proceso de maceración al sumergir la raíz en polvo en alcohol 40°. De acuerdo con su testimonio, ante las reacciones fisiológicas que presento el instrumento orgánico, el perro, el principio activo se encuentra en la resina. Jáuregui previamente alimentó con leche y pan a un perro que al día siguiente se le suministrara la resina de la pega-ropa amarilla a través de un pedazo de carne. Algunas observaciones del naturalista fueron las siguientes:

[…] a las pocas horas tuvo una excreción morena de consistencia sólida: poco después vinieron otras dos excreciones líquidas. En este intermedio, el animal estuvo muy inquieto, ladraba, y se revolcó repetidas veces. Ninguna otra experiencia fisiológica, se ha hecho con las raíces de la Pegarropa.[15]

En este estudio se puede apreciar las observaciones de las reacciones fisiológicas del perro, desde su preparativo del día anterior hasta su observación después de ingerir el principio activo. Aunque el estudio no es concluyente con sus posibles aplicaciones terapéuticas, el uso del perro como instrumento orgánico en la botánica aplicada constata el deseo de obtener un conocimiento fiable en torno al uso de la flora.

El siguiente estudio se llama “La Chirimoya” (1875) de Carlos Garza Cortina. Igual que Jáuregui, Garza Cortina expone, a manera de introducción, su distribución geográfica y desde luego, los usos y aplicaciones ya conocidas. El autor menciona el árbol de la chirimoya (anona) tiene amplia distribución en las tierras calientes de México como Cuernavaca. También menciona que es consumido de distintas formas en otros pueblos indígenas de América, aunque no puntualiza las especies ni sus localidades, destaca los siguientes usos: en Brasil, la raíz anona asiática se emplea para teñir de color rojo; las raíces de otra especie se emplean para hacer escudos, pues su madera es poco pesada; la madera de la Anona palustris se emplea para curar úlceras; otra especie que no puntualiza su nombre, según es tan suave como el corcho y puede sustituir a otras especies de árboles como el alcornoque; las hojas se maceran en aceite de oliva y se aplica como cataplasma para aliviar tumores. Del fruto es descrito como delicado, suave y agradable por su pulpa, sus semillas son famosas por su efecto emetocatártico, es decir, que después de ingerir las semillas se produce un vómito que da la sensación de alivio. Para tal efecto el autor indica que las semillas se someten a un proceso de calentamiento para retirar el recubrimiento duro del perisperma para hacer con ella una emulsión ya sea con leche o agua. Un tercer uso de las semillas es como insecticida, las semillas se machacan y se mezclan con manteca para luego aplicarlo sobre la piel.[16]

La especie que Garza Cortina estudió fue la Anona indica o Anona tuberosa sólo por mencionar dos de los nombres científicos que tiene. En cuanto al nombre vulgar se le conoce como quautxapotl en náhuatl, chirimuya en quiché, manzana de canela en francés y chirimoya en español. Para saber más sobre este vegetal y explorar otras posibles aplicaciones, Carlos Garza identificó el principio activo e indica que éste se encuentra en la resina y no en el aceite obtenido de la semilla. Esta conclusión se debe a que dicho aceite obtenido de la semilla se le suministro a un perro, el cual no presentó alguna reacción, contrario a las reacciones presentadas después de que a un perro se le suministrara la resina:

La resina de las semillas de chirimoya administrada la dosis a un perro de mediana talla produjo un efecto vomitivo bastante notable; pero no contento con este hecho aislado, quise hacer la experiencia sobre mí mismo. Así es que me resolví a tomar 0.15 de dicha resina, y al cabo de un cuarto de hora mi estado era alarmante: solicité la presencia del Sr. Dr. Capetillo, en primer lugar, para ver si podía aliviar mis padecimientos, y en segundo para que hiciera observaciones que el caso requería.[17]

En este estudio el autor perfila dos testimonios y un instrumento orgánico más que se empleó en la práctica de la botánica aplicada: el propio cuerpo. Por un lado, están las observaciones de Garza Cortina ante las reacciones fisiológicas del perro y, por otra parte, las observaciones del Dr. Capetillo, cuyo testimonio da cuenta de las reacciones fisiológicas experimentadas por ambos instrumentos orgánicos. De acuerdo con Bourguet, Licoppe y Sibum, las interpretaciones humanas, los instrumentos y las técnicas trabajan bajo regímenes de confianza mutua y sociabilidad que ayudan a asegurar el complejo enredo entre la interpretación y el instrumento.[18] En este sentido, la participación del Dr. Capetillo es importante no sólo porque observó las reacciones fisiológicas del naturalista Garza Cortina, en tanto medio e instrumento orgánico, sino también para generar un conocimiento fiable.

Algunas de las reacciones fisiológicas que presentó el cuerpo e instrumento del naturalista Garza Cortina, de acuerdo con el testimonio del señor Capetillo fueron las siguientes:

[…] comenzó a vomitar, primero los alimentos que se había ingerido poco antes, y despues […] sobrevinieron vómitos biliosos. Alarmadas las personas que lo acompañaban, por la persistencia de la basca, así como por la dificultad que tenía en sostenerse sobre sus piernas, bamboleándose hacia uno y otro lado como si estuviera ebrio, todo unido al dolor de cabeza que le apareció concomitantemente a la basca, y una disfagia molesta, hizo que enviaran por mí, y bien pronto tuve el gusto de poderle servir.[19]

Son interesantes las observaciones del doctor Capetillo y la manera en que describe las reacciones fisiológicas que el señor Garza presentó luego de ingerir la resina de la semilla. Los vómitos, el vómito bilioso, la dificultad para coordinar su cuerpo y sostenerse y el dolor de cabeza se suman al testimonio que el propio naturalista y también instrumento de la práctica botánica informó luego de que se disiparan los efectos del principio activo: “[…] tiempo después su inteligencia se despejó, cesó la náusea, y pudo vd. referirnos sus padecimientos, llamando la atencion hacia la garganta que sentía muy seca, y con ardor, suplicándome no le abriese los párpados, pues la luz le molestaba mucho.”[20]

Si bien el estudio no es concluyente respecto a las otras posibles aplicaciones terapéuticas de resina o aceite de la semilla de la chirimoya. Lo interesante es la auto experimentación a través del propio cuerpo del practicante de la historia natural dentro del proceso para generar un conocimiento fiable en torno a las reacciones fisiológicas que el cuerpo presenta cuando se le suministra un derivado vegetal. La auto experimentación le permitió al instrumento y también naturalista a dar cuenta de su propio testimonio de lo que su cuerpo experimentó bajo los efectos de la resina sumado a las observaciones del señor Capetillo, un actor más en este régimen de mutua confianza y sociabilidad de la construcción del conocimiento.

Por otro lado, se encuentra el estudio “Apuntes para la materia médica mexicana. El yoyote” (1875), del médico, farmaceuta y naturalista Alfonso Herrera. Para este estudio entre quienes le proporcionaron ramas con flores y frutos del árbol en cuestión, el autor reconoce a Manuel Gordillo Reinoso y Calixto Morales. El autor centró su atención en la semilla del fruto. Al someter la semilla a un método de prensado en frío y por medio de su destilación extrajo el principio activo denominado: tevetosa. La exploración de las reacciones fisiológicas de ambos derivados estuvo a cargo del médico y toxicólogo Luis Hidalgo y Carpio.

Se trata de un árbol con amplia distribución geográfica en la Sierra Madre Occidental. Con las semillas del fruto hacían cascabeles por lo que llamaron al árbol yoyotli. De acuerdo con el autor, algunos nombres científicos que ha recibido este árbol son: Thevetia iccotli y Cerbera thebetoides.[21] El interés por el estudio de esta especie radicó en las cualidades de la semilla del fruto del yoyote, popularmente conocida como “codo de fraile”, a lo que el autor indicó:

La excesiva acritud de las semillas del yoyote me llamó la atención, y emprendí un estudio de ellas, que aunque incompleto, creo conveniente dar a conocer a la Sociedad, pues él puede servir de base para nuevas observaciones que no me ha sido dado verificar por diversos motivos, entre otros, la corta cantidad de semillas que he tenido a mi disposición.[22]

Sin embargo, esta investigación no comenzó de cero, al igual que los anteriores estudios, hay un conocimiento previo sobre los usos terapéuticos de la resina del yoyote, algunas de las aplicaciones terapéuticas conocidas que el autor presenta en su texto son: su empleo para tratar la sordera y curar la sarna. En cuanto a las hojas del árbol, éstas se aplican, relata el autor, tópicamente para quitar el dolor de muelas y los frutos se utilizaban para curar las úlceras.[23]

Como en las otras investigaciones de botánica aplicada, el cuerpo animal fue empleado como un instrumento orgánico de la práctica botánica de Herrera e Hidalgo y Carpio para explorar y observar las reacciones fisiológicas que el animal experimentó al suministrarle la tevetosa y en otros casos el aceite de la semilla. De esta manera, Hidalgo y Carpio experimentaron con 9 palomas, 2 ranas, 8 conejos y un perro.

En cuanto a las reacciones observadas en las palomas, se concluyó que la tevetosa y el aceite de la semilla son venenosas. Estas aves experimentaron ligeras convulsiones, parálisis de las piernas y posteriormente, la muerte. El autor advierte haber identificado una dificultad respiratoria cuando se suministra el aceite, induce las náuseas y el vómito. En cuanto a las ranas, el principio activo también actuó como un veneno. Primero provocó una parálisis muscular que resultó en un paro respiratorio provocando la muerte.

Algunas observaciones significativas sobre la reacción de las palomas después de haber consumido el principio activo:

Día 8 de junio de 1871.  A tres palomas grandes inyección sub-cutánea de una pequeña cantidad de tevetosa disuelta en corta cantidad de alcohol: como al cuarto de hora algunos movimientos convulsivos; abrían de cuando en cuando ampliamente el pico como para aspirar aire; despues estado comatoso y muerte.[24]

En este pequeño fragmento se puede apreciar el uso de otros instrumentos que permiten suministrar el principio activo en las palomas como una jeringa para poder inyectar a las palomas. El médico Luis Hidalgo tenía un registro del tiempo que tomaba al principio activo en inducir las primeras reacciones fisiológicas como las convulsiones, movimientos en el pico y luego la muerte.

En los conejos el principio activo es un veneno violento, mientras el aceite parece no haber provocado reacciones adversas, sin embargo, no deja de tener propiedades tóxicas como se observó con las palomas. Por último, al perro también se le suministró el principio activo, al cabo de una hora presentó dificultades respiratorias, vómito y posteriormente la muerte. En el caso de dos conejos hay observaciones interesantes ante su reacción tras ser inyectados, cada uno con un derivado vegetal, al primero se le inyectó el principio activo y al segundo solamente el aceite:

Día 22 de julio. Conejo grande a las ocho y media de la mañana, diez centígrados del principio activo del yoyote por inyección sub-cutánea; a la hora y media después había muerto: no se vieron los síntomas que presentó.

En el mismo día a las ocho y media de la mañana, a un conejo grande inyección sub-cutánea de media onza del aceite extraído por el éter. A las 48 horas aún estaba vivo sin haber presentado síntoma notable y aun había comido.[25]

El empleo de diferentes instrumentos orgánicos le permitió a Luis Hidalgo obtener diferentes resultados en cuanto a reacciones fisiológicas. Por ejemplo, el aceite del yoyote en las palomas indujo la muerte, mientras en el conejo no, pero en ambos casos el compuesto activo condujo a la muerte en ambos tipos de instrumentos. Mientras Garza Cortina experimentó con un perro e incluso utilizó su propio cuerpo para generar un testimonio diferente acerca de las reacciones fisiológicas de la resina a través de la participación del señor Capetillo; en los experimentos de Luis Hidalgo reacciones fisiológicas diferentes de acuerdo al instrumento empleado como ya se mencionó en el caso de las palomas y los conejos.

Con base en lo observado por Hidalgo y Carpio, sus conclusiones fueron las siguientes: la tevetosa es muy venenosa, induce el vómito de manera violenta y afecta gravemente la respiración como consecuencia de la parálisis muscular provocando la muerte. En cuanto a las conclusiones de Herrera, los derivados de la semilla del yoyote provocan una parálisis muscular afectando la respiración. Por las reacciones observadas en los diferentes animales, Herrera espera que más tarde la medicina pueda sacar algún provecho, siendo los médicos quienes deberían emprender estudios terapéuticos para saber si la tevetosa se puede emplear con mayores ventajas.[26]

El último estudio a examinar guarda relación con el de Herrera, se trata del texto “La Thevetia iccotli y sus glucosidos”, del médico David Cerna, publicado originalmente en inglés en el Medical Times de Filadelfia y traducido por el socio de la smhn, Aniceto Moreno.  En este texto el médico Cerna subraya las cualidades venenosas de la tevetosa estudiada por Herrera e Hidalgo. Como en los otros estudios, éste consistió en la observación fisiológica del principio activo suministrado en animales, con especial atención en la observación del corazón. De los veinte experimentos realizados con animales, el autor incluyó en su texto al menos el informe de 5 perros, 1 gato, 5 conejos, 1 gallina de guinea y 1 ratón. Incluyó información como la cantidad de dosis suministrada, pulso y respiración por minuto.

Algunas observaciones importantes sobre las reacciones fisiológicas del principio activo fueron las siguientes: “el thevetin mata probablemente de dos maneras: por asfixia y por la parálisis del corazón, pues en muchos casos el último continuaba latiendo despues de haber cesado del todo los movimientos respiratorios: en otros el corazón estaba completamente paralizado mientras la respiracion seguía su curso normal”.[27]

Estas precisiones sobre las posibles causas de muerte al suministrar el principio activo son importantes, ya que proceden del registro de reacciones fisiológicas que el autor observó en los instrumentos orgánicos que empleó en su experimento. En un intento por obtener un conocimiento fiable, el autor ofreció dos reacciones fisiológicas que habrían provocado la muerte: la asfixia o un paro cardiaco. El matiz que obtiene es interesante, pues en su experimento notó que pese a la parálisis del cuerpo el corazón seguía en función.

En piel, el principio activo provoca una sensación de quemadura, ya suministrada provoca la disminución de las pulsaciones del corazón. La presión arterial aumenta por acción del principio activo pues estimula los ganglios intracardiacos. Provoca convulsiones debido a que el principio activo reacciona en el cerebro, al mismo tiempo que afecta la espina dorsal, es decir, Cerna subraya la acción de parálisis ya elucidada por el anterior estudio.[28]

El estudio concluye que el principio activo es un veneno, por lo tanto, en su texto no hay alusiones a las posibles aplicaciones terapéuticas de dicho principio activo. De esta manera, los animales, en tanto instrumento orgánico fueron empleados para obtener un conocimiento fiable, en el que se constató la capacidad mortal[29] de la Thevetia iccotli.

Conclusiones

Si bien los cuatro estudios de botánica aplicada responden a una vocación de progreso material en materia médica y terapéutica, las conclusiones para otras posibles aplicaciones terapéuticas no son muy concluyentes, salvo los estudios de Herrera e Hidalgo, junto con el de Cerna donde el último indica claramente en sus conclusiones que el principio activo es un veneno. Lo cierto es que los datos fiables obtenidos de sus experimentos afianzan el conocimiento previo que se tenía sobre sus usos terapéuticos y se esclarece que sus reacciones no son favorables, es decir, que da certeza que el principio activo no puede tener aplicaciones terapéuticas.

Como parte del proceso de construir un conocimiento fiable para explorar las posibles aplicaciones terapéuticas, los autores emplearon instrumentos orgánicos para observar las reacciones fisiológicas que los cuerpos animales experimentaron. Estos instrumentos incluyeron el uso de perros, gatos, conejos, palomas, un gallo, ratones, ranas e incluso el cuerpo humano.

Además, en la construcción del conocimiento se debe resaltar que es un proceso colectivo, pues hay actores no reconocidos, pero que en el texto hay pistas de ellos como la tradición botánica indígena, cuya aplicación terapéutica es retomada por los naturalistas y forman un punto de partida en sus estudios que incluyen un análisis químico del vegetal.

Si bien la orientación de estos estudios tiene una clara intención utilitaria, es decir, de obtener un beneficio del reino vegetal, muy acorde a la época, pienso que desde la disciplina de la Historia no podemos juzgar este tipo de prácticas con animales, sino más bien comprender y explicar las intenciones detrás de su uso.

También el estudio de los animales en la ciencia debe comenzar a explorar otros actores además del practicante de la ciencia. Es decir, ¿quiénes eran los “técnicos” que criaban estos animales y eran proporcionados a los científicos?, ¿qué otras publicaciones periódicas especializadas comunicaban los resultados de sus investigaciones gracias al uso de instrumentos orgánicos?, ¿en qué otros casos de experimentación se empleó el cuerpo del propio practicante de la ciencia? Son sólo algunas preguntas que pueden orientar futuras investigaciones que contribuyan al estudio de los animales en la ciencia, particularmente en la experimentación.

 

Bibliografía

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[1] La Sociedad de Amigos del País (1822-1823), la Sociedad de Literatos (1831-1833), el Liceo Mexicano, Artístico y Literario (1835), la Academia de Letrán (1836-1856), el Ateneo Mexicano (1840-1851), el Liceo Hidalgo (1850), la Sociedad Literaria (1854) y el Círculo Juvenil de Letrán (1857). Luz Fernanda Azuela, “La ciencia en la esfera pública mexicana (1821-1864)”, Saberes. Revista de historia de las ciencias y las humanidades, núm. 3, vol. 1 (enero-junio 2018),  37, disponible en <https://www.saberesrevista.org/ojs/index.php/saberes/article/view/65>, consultado el 25 de septiembre del 2024.

[2] Luz Fernanda Azuela, art. cit., 37-38.

[3] Ibid., 48.

[4] El Museo Nacional estuvo albergado en la Universidad Nacional, ambos proyectos culturales-educativos tenían fricciones. Mientras el Museo Nacional abrevaba de la renovación de las ciencias a través de la experimentación y la observación, en la Universidad Nacional su enseñanza se resistía a los cambios y su modelo era más cercano al trivium. Luz Fernanda Azuela y Rodrigo Vega y Ortega, “Capítulo 5. El Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia (1865-1867)”, en La geografía y las ciencias naturales en el siglo XIX mexicano, coord. por Luz Fernanda Azuela y Rodrigo Vega y Ortega, México: Instituto de Geografía-Universidad Nacional Autónoma de México, 2011: 104, disponible en <http://www.publicaciones.igg.unam.mx/index.php/ig/catalog/view/34/34/101-1>,  consultado el 29 de agosto del 2024. Para conocer más sobre las posibles sedes del Museo Nacional puede consultarse a Rodrigo Vega y Ortega, La flora mexicana en el Museo Nacional 1825-1852, México: Historiadores de las Ciencias y las Humanidades A. C., 2014, 105-133.

[5] Luz Fernanda Azuela, Tres sociedades científicas en el Porfiriato. Las disciplinas, las instituciones y las relaciones entre la ciencia y el poder, México: Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, Universidad Tecnológica de Nezahualcóyotl, Instituto de Geografía-Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, 64.

[6] Miguel Bustamante, Curso de botánica elemental. Parte teórica, México: Imprenta de Ignacio Cumplido, 1841, VII-VIII, disponible en <https://www.biodiversitylibrary.org/item/197891#page/5/mode/1up>, consultado el 29 de noviembre del 2024.

[7] Blanca Irais Uribe Mendoza y Luz Fernanda Azuela, “Historia de la enseñanza experimental: una mirada desde los primeros laboratorios de la Escuela Nacional Preparatoria (siglo XIX)”, en Perspectivas, desafíos y trascendencia de la Escuela Nacional Preparatoria hasta los albores del siglo XX. Homenaje a 150 años de su fundación, coord. por María de la Paz Ramos, Felipe León Olivares y Daniela Uresty Vargas, México: Centro de Estudios Interdisciplinarios en Ciencias y Humanidades-Universidad Nacional Autónoma de México, 2022, 125.

[8] Nina Hinke, El Instituto Médico Nacional. La política de las plantas y laboratorios a fines del siglo XIX, México: Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, Universidad Nacional Autónoma de México, 2012, 57-58.

[9] Liliana Schifter Aceves, “Las farmacopeas mexicanas en la construcción de la identidad nacional”, Revista Mexicana de Ciencias Farmacéuticas (2014), vol. 45, núm. 2, 46-47, disponible en <https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-01952014000200006>, consultado el 20 de enero de 2024.

[10] Iwan Rhys Morus, “Invisible technicians, instrument makers and artisans”, en A companion of the history of science, ed. de Bernard Lightman, Oxford: The Wiley Blackwell, 2016, 97-98.

[11] La autora también los denomina “instrumentos orgánicos” a los animales vivos o muertos a los que les reconoce agencia en el desarrollo del conocimiento científico. María Eugenia Constantino, “José Antonio Álzate, instrumentos animales y conocimiento fiable en Nueva España, siglo XVIII”, História, Ciências, Saúde – Manguinhos, vol. 26, núm. 2 (abril-junio 2019), 466, 476, disponible en <https://doi.org/10.1590/S0104-59702019000200006>.

[12] Marie-Noëlle Bourguet, Christian Licoppe y H. Otto Sibum, “Introduction”, Instruments, travel and science: itineraries of precision from the seventeenth to the twentieth century, ed. de Marie-Noëlle Bourguet, Christian Licoppe y H. Otto Sibum, Londres: Routledge, 2002, 7.

[13] Maria Eugenia Constantino, art. cit., 466.

[14] Manuel F. de Jáuregui, “La pega-ropa amarilla”, La Naturaleza. Periódico Científico de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo III, México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1876, 95, disponible en <https://www.biodiversitylibrary.org/item/49853#page/106/mode/1up>, consultado el 30 de septiembre de 2024.

[15] Manuel F. de Jáuregui, art. cit., 96.

[16] Carlos Garza Cortina, “La chirimoya”, La Naturaleza. Periódico Científico de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo II, México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1875, 198-199, disponible en <https://www.biodiversitylibrary.org/item/120585#page/220/mode/1up>, consultado el 25 de agosto del 2024.

[17] Carlos Garza Cortina, art. cit., 201.

[18] Marie-Noëlle Bourguet, Christian Licoppe y H. Otto Sibum, op. cit., 7.

[19] Carlos Garza Cortina, art. cit., 201.

[20] Carlos Garza Cortina, art. cit., 202.

[21] Alfonso Herrera, “Apuntes para la materia médica mexicana. El yoyote”, La Naturaleza…, tomo II, 187-188, disponible en <https://www.biodiversitylibrary.org/item/120585#page/209/mode/1up>, consultado el 25 de agosto de 2024.

[22] Ibid., 189.

[23] Ibid., 187-188.

[24] En este mismo estudio, Luis Hidalgo suministró una cucharada cafetera del aceite de la semilla a otra paloma. Algunas reacciones observadas fueron las siguientes: tos, media hora después presentó un vómito verde en el que también algo del aceite, después presentó un estado comatoso y una parálisis en ambas patas. Media hora más tarde la paloma murió. Alfonso Herrera, art. cit., 190.

[25] Ibid., 192.

[26] Alfonso Herrera, art. cit., 193-194.

[27] David Cerna, “La Thevetia iccotli y sus glucosidos”, La Naturaleza. Periódico Científico de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo V, México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1882, 220, disponible en <https://www.biodiversitylibrary.org/item/121642#page/232/mode/1up>, consultado el 18 de septiembre del 2024.

[28] David Cerna, art. cit., 226-227.

[29] En las conclusiones enlistadas, el autor indica que el thevetin es un veneno poderosísimo, idem.

* Francisco Javier Cervantes Mendoza: Licenciado en Historia por la UAM-I, estudiante de la maestría de Historia en la UNAM. Obtuvo Mención Honorífica en los premios INAH a mejor tesis de licenciatura en Historia, “Francisco Javier Clavijero”, edición 2023. Ganador del tercer lugar en el premio “Enrique Beltrán” que otorga la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, edición 2022. Su línea de investigación es la Historia de la Ciencia, con énfasis en los discursos de la historia natural del siglo XIX mexicano.

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