1 de abril de 2025
Moralidad y salud en el siglo XIX: la visión médica del matrimonio y la maternidadMoralidad y salud en el siglo XIX: la visión médica del matrimonio y la maternidad
Por Raiza Aparecida da Silva Favaro, Anelisa Mota Gregoleti y Christian Fausto Moraes dos Santos*
Introducción
La narrativa sobre el matrimonio y la maternidad en Brasil, especialmente en los discursos de los médicos higienistas del siglo XIX, vinculaba la salud femenina al matrimonio. A través del estudio de tres tesis médicas, se revela cómo estas tesis reflejaban las concepciones científicas y sociales de la época, consolidando al matrimonio como una condición esencial para garantizar la salud física y mental de las mujeres. En la sociedad decimonónica la moralidad confinaba la sexualidad femenina al espacio conyugal, el matrimonio era visto como un factor de control moral y físico, mientras que las mujeres solteras o sexualmente activas fuera del matrimonio eran vistas como una amenaza para el orden social. El discurso médico de la época reforzó la idea de que las mujeres eran frágiles y necesitaban la protección y estabilidad que el matrimonio ofrecía para su bienestar.
Perspectiva religiosa sobre la unión matrimonial
Es posible ver que gran parte de los discursos médicos del siglo XIX en Brasil fueron influenciados por los ideales construidos por la Iglesia católica durante el Concilio de Trento (1545-1563), cuando la Iglesia respondió a la Reforma protestante con el objetivo de reforzar los dogmas de la fe. El modelo de matrimonio cristiano consolidado en este periodo expresaba una concepción en la que el sexo y el amor eran inseparables, y el matrimonio representaba una alianza sagrada sancionada por la Iglesia.[1] En la vigésimo cuarta sesión del Concilio, celebrada en 1563, se promulgaron 12 cánones sobre el sacramento del matrimonio, que buscaban regular la vida conyugal. Entre ellos, el segundo canon excomulgó a aquellos que consideraban lícito tener varias esposas: “Sí alguno dijere que es lícito a los cristianos tener muchas mujeres al mismo tiempo, y que esto no está prohibido por ninguna ley divina, será excomulgado”.[2] Este discurso sostuvo la idea de un “orden familiar” indisoluble que proporcionaba a los fieles seguridad y la promesa de salvación.[3]
El matrimonio, como sacramento, se consolidó como ritual sagrado en la Edad Media, pero sus efectos de control social se intensificaron a partir del siglo XVIII y, como señala Priore,[4] sirvió como mecanismo para rodear la existencia humana, subordinando las relaciones sexuales a los preceptos religiosos. La Iglesia católica, en este contexto, había fortalecido su control sobre las causas matrimoniales, como lo prescribe el canon duodécimo: “Sí alguno dijere que las causas matrimoniales no pertenecen a los jueces eclesiásticos, será excomulgado”.[5] La excomunión como castigo severo implicaba la exclusión de los disidentes de la participación en los sacramentos y amenazaba su salvación espiritual.[6]
Efectivamente, la moralidad de la época favorecía la sexualidad masculina, al tiempo que buscaba restringir la sexualidad femenina a los límites del matrimonio. Hasta mediados de la década de 1960, la sexualidad femenina se limitaba prácticamente al matrimonio, una mujer que se entregaba a un hombre fuera de este contexto podía ser juzgada como “perdida”.[7]
Este arreglo resultó en la consolidación de la familia como una institución social normativa, moldeada por las relaciones sexuales reguladas por la moral cristiana y los discursos médicos contemporáneos. Al ver el matrimonio como un instrumento de higiene y control social, los médicos decimonónicos no sólo adoptaron los preceptos religiosos, sino que también los adaptaron, defendiendo la regulación de la sexualidad como una cuestión no sólo de moralidad, sino también de salud pública.
El matrimonio como pilar de la salud moral
En el siglo XIX, los discursos médicos higienistas situaban el matrimonio como un elemento central en el mantenimiento de la salud y la moralidad de la mujer. Preocupados por la limpieza social, los higienistas consideraban que el matrimonio era una solución práctica para ajustar a las mujeres dentro de las normas morales y, en consecuencia, preservarlas física y mentalmente sanas. La medicina de la época buscaba legitimar el matrimonio no sólo como un contrato legal o religioso, sino también como un recurso terapéutico.
Para los médicos higienistas, el celibato femenino era visto como una “enfermedad” responsable de desequilibrios físicos y psicológicos. Este discurso médico asociaba la soltería femenina con un estado antinatural en el que las mujeres serían vulnerables a los trastornos de salud. Al proponer el matrimonio como un “medio higiénico y curativo”, los médicos reforzaron la idea de que las mujeres debían seguir el “orden natural” de la vida, que incluía el matrimonio, la procreación y la subordinación a los valores tradicionales.[8] Así, la medicina se alineó con las autoridades religiosas y legales para reforzar el control sobre la sexualidad femenina.
Los discursos médicos, legales y religiosos convergieron en representar el matrimonio como la única posibilidad de realización social para las mujeres. Según Priore,[9] la sociedad decimonónica concebía el matrimonio como el destino inevitable de las mujeres, ofreciéndoles una estructura mínima de estabilidad y protección. Las que buscaban la autonomía económica o no se casaban eran estigmatizadas y asociadas a la prostitución. Engel[10] apunta que, para las mujeres, el acceso a la riqueza era aceptable apenas por medio del casamiento, mientras que cualquier otra vía era moralmente condenada. Yalle[11] reforzó este punto de vista al afirmar que el matrimonio “Provocó una revolución en la vida de las mujeres, trayéndoles responsabilidades que, en su opinión, contribuyen a su salud y bienestar”. Priore[12] lo complementó destacando que el matrimonio se ha consolidado como la institución humana más antigua, fundamental para la supervivencia de la especie y la perpetuación de las estructuras familiares.
La sexualidad femenina en este contexto se configuró como una construcción social alineada a los límites del matrimonio. La moral de la época beneficiaba la libertad sexual masculina, al tiempo que restringía la libertad femenina al ideal de castidad y sumisión conyugal.[13] Hasta mediados del siglo XX, las mujeres que se involucraban sexualmente fuera del matrimonio eran consideradas, como ya se dijo, “perdidas”, consolidándose un sistema en el que la sexualidad femenina estaba subordinada a la moral y al control social.[14]
Así, los discursos médicos higienistas del siglo XIX reforzaron la desigualdad de género, utilizando el matrimonio como herramienta para controlar a la mujer. Al validar el matrimonio como solución higiénica, moral y social, la medicina contribuyó a consolidar la subordinación femenina en un sistema que naturalizaba la desigualdad y justificaba su imposición a través de argumentos científicos y religiosos.
La maternidad como cura
A partir de la lógica patriarcal que prevaleció sobre el matrimonio en la primera mitad del siglo XIX, se entiende que el objetivo de la mujer era la maternidad, vista como el cumplimiento de su papel natural. Desde el siglo XVIII, la visión dominante estableció una rígida división entre los sexos: mientras que los hombres estaban destinados a la vida política, económica y cultural, a las mujeres se les asignaban los papeles de madres y amas de casa.[15] A lo largo del siglo XIX, esta concepción de los papeles o roles sociales fue reforzada por médicos, eruditos y el discurso cristiano en Occidente, consolidando la idea de que la mujer debía realizarse sólo a través de la maternidad y la gestión del hogar.
La naturaleza de la mujer se vería centrada exclusivamente en la maternidad, por lo que la ausencia de esta realización se consideraría una falta de armonía en su vida. Los médicos de la época establecieron una relación entre las características naturales de la mujer y las responsabilidades que se les asignaban. La idea central era que las mujeres debían guiarse por los imperativos de la naturaleza, como si ésta fuera la única dirección legítima para sus vidas.[16]
Las tesis médicas producidas en la primera mitad del siglo XIX juegan un papel crucial en el análisis de la comprensión científica del cuerpo de la mujer, especialmente en lo que se refiere a la maternidad. El doctor Francisco Rodrigues Monção, oriundo de Villa de Itaparica, en la provincia de Bahía, abordó este tema en su tesis “Os dois sexos da espécie Humana” (1848). En este trabajo, discutió la relación entre los supuestos atributos naturales de los géneros, argumentando que las fuerzas vitales masculinas y femeninas se concentraban en diferentes regiones del cuerpo, de acuerdo con sus funciones naturales y roles sociales esperados.
La distinción hecha por el autor se justifica por las supuestas funciones naturales, que estaban asociadas, respectivamente, a lo público y a lo privado, para hombres y mujeres. A pesar de los grandes esfuerzos que se hicieron por apoyar este punto de vista, la concepción prevaleciente de la época sostenía que las mujeres no serían capaces de realizar hazañas intelectuales significativas porque, según la creencia prevaleciente, no poseían los atributos naturales necesarios para hacerlo.[17]
La reducción de la existencia femenina a la mera reproducción fue recalcada por Monção,[18] quien afirmó: “… De hecho, la mujer no tiene este poder de pensamiento, este orden de razonamiento, este poder de invención y de creación que le fue concedido al hombre…” Estas narrativas contribuyeron a la construcción de concepciones inferiores, como la inhabilitación de las mujeres para participar en las esferas del gobierno y la ciencia.[19]
Para corroborar esta visión, el médico João Pinheiro de Lemos, natural de la ciudad de Santo Amaro, en la provincia de Bahía, afirmó en su tesis “Breves considerações sobre o celibato professado pelas mulheres” (1851), que presentó a la Facultad de Medicina de Bahía, la idea de que el “vigor” supuestamente se lograría a través de la procreación. Afirmando que: “Todos los seres vivos se reproducen constantemente, y es en la época de la procreación cuando manifiestan el mayor vigor que pueden poseer”. [20] Desde esta perspectiva, la naturaleza coloreó a los seres humanos en pie de igualdad con los animales, impulsada por la búsqueda del “acto generativo” y la preservación de la especie.[21] Lemos (1851) también enfatiza la importancia de la continuidad de la misión materna, describiéndola como un “tesoro que se recibe de unos como un préstamo para ser devuelto a otros, recibimos nuestra vida de nuestros padres y tenemos el deber de consagrarla a la especie.”[22] En los discursos médicos del siglo XIX analizados, el curso de la vida de la mujer estaba predominantemente ligado a la maternidad, y las atribuciones naturales eran a menudo utilizadas para justificar los roles socialmente impuestos a hombres y mujeres.
Lo que se entendía en esta época como naturaleza maternal, no tiene nada de natural, ya que se guiaba por la moral de la época,[23] que entendía que las mujeres y los hombres tendrían diferentes roles en la sociedad, de acuerdo con sus atribuciones físicas. El discurso moral religioso cristiano también contribuyó a la construcción en Occidente de la idea de que la mujer tiene razón, que debe ser casta, pasiva y maternal. En este sentido, en el siglo XIX, la “ramera” era entendida como la manifestación de la subversión de la moral social y, por tanto, diseminadora de enfermedades venéreas. La identidad femenina se ha construido históricamente a partir de la noción de diferencia entre los sexos, estableciendo una “verdad biológica” a través de argumentos sobre el cuerpo para definir lo que significa ser mujer.[24] La construcción de la identidad de la prostituta, así como la de todas las mujeres, desde la percepción masculina, era un proceso de silenciamiento y dominación, al mismo tiempo que representaba una defensa contra lo desconocido: la sexualidad femenina.[25] A partir de estos discursos se consolidó la idea de que la “mujer decente” es sólo la que es esposa y madre. Cualquier desviación de este “orden” en el siglo XIX era muy mal vista, repudiada y condenada, y a menudo se comparaba con la prostitución.[26]
Conclusión
A través del análisis de las tesis “A mulher e o matrimônio: medicamente considerados” (1847), del Dr. Luiz Yianna D’Almeida Yalle; “Os dois sexos da espécie humana” (1848), del Dr. Francisco Rodrigues Monsão; y “Breves considerações sobre o celibato professado pelas mulheres” (1851), defendidas en la Facultad de Medicina de Bahía, se observa cómo los médicos del siglo XIX fueron influidos por las concepciones sociales de la época y contribuyeron a consolidarlas, especialmente en relación con las mujeres. Estas tesis reflejaban la fuerte influencia de la moral cristiana en la definición de los roles femeninos, posicionando al matrimonio no sólo como un espacio de realización personal, sino como una validación sexual para las mujeres, vinculada estrechamente con la maternidad. El matrimonio y la maternidad se consideraban destinos inevitables para las mujeres, vistos como medios para “curar” su moralidad y restaurar su salud física. Así, la medicina y la moral cristiana se entrelazaron para modelar la percepción de la mujer en el siglo XIX, una concepción cuyos ecos todavía resuenan en las discusiones contemporáneas sobre el papel de la mujer en la sociedad.
[1] M. Priore (2014). História e conversas de mulher: amor, sexo, casamento e trabalho em mais de 200 anos de história, 2a. ed., Río de Janeiro: Planeta.
[2] Doutrina e Cânones sobre o sacramento do Matrimônio/Os bispos e cardeais (Sessão XXIV) (1563).
[3] Edinaldo Santos C. y P. H. Holanda (2020). “A proteção do matrimônio nos discursos pastorais da Igreja Católica: nuances a partir do Concílio de Trento”. Braz. J. of Develop, 11713-11727, 1725.
[4] M. Priore (2014), op. cit., 56.
[5] Véase n. 2
[6] Véase n. 3
[7] M. Priore (2014), op. cit., 71-73.
[8] L. Y. D. Yalle (1847). La mujer y el matrimonio: médicamente considerado, 18.
[9] M. Priore (2014), op. cit., 30.
[10] M. Engel (1989). Meretrizes e doutores: saber médico e prostituição no Rio de Janeiro (1840-1890), São Paulo: Editora Brasiliense, 113.
[11] Véase n. 8.
[12] M. Priore (2014), op. cit., 9-10.
[13] A. Giddens (2004). La transformación de la intimidad: Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, 4a. ed., Madrid: Cátedra Teorema, 31.
[14] M. Priore (2014), op. cit., 71-73.
[15] T. Laqueur (2001). Inventando o sex. Corpo e gênero dos gregos a Freud, Río de Janeiro: R. Dumará, Ed., 18.
[16] F. Rohden (2001). Uma ciência da diferença: sexo e gênero na medicina da mulhe, Río de Janeiro: Fiocruz, 15-16.
[17] T. Laqueur (2001), op. cit., 204.
[18] F. Rodrigues Monção, (1846). “Os dois sexos da espécie humana”, tesis, Faculdade de Medicina da Bahia. 10.
[19] F. Rohden (2001), op. cit., 20.
[20] J. Pinheiro de Lemos, (1851). “Mulher e matrimônio: do celibato professado pelas mulheres”, tesis, Faculdade de Medicina da Bahia, 4.
[21] F. Rohden (2001), op. cit., pp. 111-112.
[22] J. Pinheiro de Lemos (1851), op. cit., 4.
[23] E. Birmarchi (2020). “Mulher, propriedade e mercadoria: A maternidade e a prostituição na ponta da sexualidade feminina” (2020). (Disertación), 65.
[24] N. Dapieve Patias y C. Stumpf Buaes (2012). “Tem que ser uma escolha da mulher: representações de maternidade em mulheres não-mães por opção”, Psicologia & Sociedade, v, 24(2), 300-306.
[25] L. Rago (1990). “Os prazeres da noite: prostituição e códigos da sexualidade feminina em São Paulo (1890-1930)”, Tese (Doutorado em História) – Departamento de História da IFCH. 9-10.
[26] Véase n. 23.
Raiza Aparecida da Silva Favaro. Becaria del Gobierno Federal Brasileño para estudiar el doctorado en Historia, Cultura y Narrativas en la Universidade Estadual de Maringá, Maringá, Brasil.
Anelisa Mota Gregoleti. Becaria del Gobierno Federal Brasileño para hacer el posdoctorado en Historia de la Ciencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México.
Christian Fausto Moraes dos Santos. Investigador, becario de productividad del Gobierno Federal Brasileño y profesor titular de Historia en la Universidad Estadual de Maringá, Maringá, Brasil.